jueves, 12 de abril de 2012

El arte del monólogo: uno solo frente al público

El telón se abre y quinientos pares de ojos se fijan en el escenario. Bajo la luz de los focos, una persona se enfrenta en soledad a su público, sin más atrezzo que una silla y un micrófono. El vértigo recorre el estómago del humorista, los nervios están a flor de piel. Rompe el silencio y se escuchan las primeras carcajadas. El show va por buen camino.
Hacer reír a los demás parece relativamente sencillo. Hacerlo en un show durante una hora y meterte al público en el bolsillo, una proeza al alcance de unos pocos.
Una nueva hornada de cómicos llena hoy las salas; una generación heredera del monólogo norteamericano y gestada al calor televisivo. La irrupción hace 12 años de programas como Nuevos Cómicos (Paramount Comedy) y El club de la comedia marcaron el despegue del género que ya es un arte asentado y de alto nivel.

La mejor escuela

"El monólogo es la mejor escuela para un cómico, aprendes a ser guionista, a escribir tus propios textos", afirma Joaquín Reyes, uno de los nuevos cómicos que debe su popularidad –y trabajo– a la televisión. Al contrario de lo que parece, hay muy poco de improvisación en este género. "Si en el show surge una broma, puedes probarla a ver qué pasa pero esto sucede muy pocas veces", explica Joaquín. "Hacer reír a los amigos no es lo mismo hacerlo en un escenario. Es una profesión, tienes que hacerlo bien aunque estés jodido por dentro", apostilla su amigo y compañero de Muchachada Nui, Julián López.

Hablar en público impone mucho, pero los monologuistas cuentan con una ventaja: "lo bueno de esto es que empiezas en bares pequeñitos, así que sigues una progresión paulatina, te da tiempo a acostumbrarte y ya no te impone tanto. Aún así, cada vez que sales a actuar hay que darlo todo y aún me sigo poniendo en tensión", confiesa Julián. "Tienes que salir con el convencimiento de que la gente se va a morir de risa con lo que digas, si sales dudando la gente te va a comer vivo. En cuanto se ríen con la primera broma, ya es miel sobre hojuelas", asegura Joaquín.
El origen del monólogo es muy antiguo: como género dramático ya existía en los textos clásicos, pero el monólogo cómico o comedia en vivo proviene de Estados Unidos: desde Mark Twain a Bob Hope pasando por Dean Martin, Billy Crystal, Sarah Silverman o el polémico Ricky Gervais. La actual cantera de monologuistas españoles beben de la escuela americana, pero ellos son mucho más "intrépidos" a la hora de abordar temas, asegura Joaquín. "Son mucho más politicamente incorrectos, dicen barbaridades que aquí no nos atrevemos. Nosotros somos más timoratos, nos cortamos".
¿Cómo es posible que una persona hablando sola en un escenario durante una hora no aburra? Joaquín y Julián están de acuerdo en que no importa tanto el tema como el hecho de conectar con la audiencia, involucrarlo, que la gente se identifique con las bromas.
Eva Hache coincide en que lo importante es que el público se identifique, hablar de cosas que nos puede llegar a pasar, "aunque también hay monologuistas que hablan de cosas surrealistas, que solo a ellos le pasan y también son muy graciosos", aclara.

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